La idea central de Teaching with AI es sencilla pero desafiante: la inteligencia artificial ya está en el aula, lo queramos o no. Ensayos escritos con ChatGPT, tareas resueltas en segundos y estudiantes acostumbrados a respuestas inmediatas hacen que muchas prácticas docentes se sientan de pronto obsoletas. Sin embargo, los autores sostienen que este “problema” es también una de las mejores oportunidades educativas de nuestra época, siempre que la IA deje de verse como una amenaza y se convierta en una aliada para aprender mejor.
Lo primero es entender que la IA no es algo nuevo que acaba de irrumpir con los chatbots. Lleva años ayudando silenciosamente: filtros de spam, correctores ortográficos, traducción automática, recomendaciones en plataformas, texto predictivo en el móvil… Todo eso es inteligencia artificial. Herramientas como ChatGPT representan solo la versión más visible de una tecnología que ya forma parte de la vida diaria de los estudiantes y, probablemente, de sus futuros trabajos. Por eso la pregunta clave ya no es si la usarán, sino si sabrán usarla con criterio.
Ahí entra el cambio de rol del docente. Antes, el profesor funcionaba como “portero de la información”: decidía qué contenidos llegaban al aula y cómo se accedía a ellos. En un mundo donde cualquier alumno puede generar textos, resúmenes o explicaciones en segundos, el trabajo del profesor pasa a ser el de guía: alguien que enseña a pensar sobre lo que la IA produce, a detectar errores, a valorar la calidad de una respuesta y a decidir cuándo la tecnología aporta valor y cuándo estorba. Para eso, el propio docente necesita perder el miedo y experimentar de primera mano: dedicar unos minutos a probar distintas herramientas, pedirles que expliquen temas de su asignatura, observar en qué aciertan y en qué fallan, y comprobar cómo cambia el resultado cuando se formula mejor la pregunta.
A partir de esa experiencia, los autores proponen formar a los estudiantes en una “alfabetización en IA” basada en tres competencias. La primera es comprender qué hace bien y qué hace mal la inteligencia artificial: es muy buena reconociendo patrones y generando texto verosímil, pero tiene dificultades con el contexto, los matices y la información muy reciente; puede inventar datos y nombres con una seguridad engañosa. La segunda competencia es la evaluación crítica: aprender a sospechar de un texto demasiado genérico, a contrastar fuentes, a verificar fechas y hechos, a detectar el “tono” típico de un contenido generado por IA. La tercera es la integración estratégica: saber cuándo conviene usar estas herramientas (para aclarar conceptos, generar ideas, crear borradores o ejercicios de práctica) y cuándo es mejor apoyarse en lectura profunda, análisis personal o trabajo colaborativo.
Esta alfabetización se construye haciendo, no solo hablando de ella. El libro sugiere incorporar la IA en actividades guiadas: por ejemplo, comparar una explicación generada por un chatbot con la de un libro o un artículo académico, y analizar diferencias en precisión y profundidad; pedir a la IA un esquema inicial para un ensayo y luego pedir al estudiante que lo corrija, lo enriquezca y lo convierta en un trabajo propio; usar la IA para crear posibles preguntas de examen y revisar juntos si son claras, si están bien formuladas y si las respuestas son correctas. De este modo, la herramienta deja de ser un atajo escondido y se vuelve un objeto de estudio visible.
Un punto fuerte del libro es la atención que dedica al arte de formular buenas instrucciones o prompts. La calidad de la respuesta de la IA depende por completo de cómo se le pregunta. Un pedido vago como “ayúdame con mi ensayo de historia” produce resultados superficiales; en cambio, una petición específica del tipo “explica tres factores económicos que contribuyeron a la caída del Imperio romano, centrándote en las rutas comerciales” permite obtener información más útil y citable. Enseñar a los estudiantes a dar contexto, a definir el formato que necesitan (ejemplos, ejercicios, esquemas, líneas de tiempo) y a encadenar preguntas de seguimiento convierte a la IA en un auténtico compañero de estudio, no en un sustituto del pensamiento.
Lejos de limitarse a los alumnos, los autores muestran también cómo el profesorado puede usar la IA para aliviar su propia carga de trabajo. Los modelos generativos permiten elaborar borradores de planes de clase que luego se ajustan con criterio profesional, diseñar baterías de preguntas, crear materiales de práctica con distintos niveles de dificultad o redactar comentarios iniciales de retroalimentación que después se personalizan. Incluso la comunicación con familias puede apoyarse en la IA para preparar borradores de correos o explicaciones de temas complejos en un lenguaje claro. Todo esto libera tiempo para lo que ninguna máquina puede hacer: escuchar, acompañar, observar a los estudiantes y construir relaciones significativas.
Finalmente, el libro plantea que los conflictos con la IA —como recibir un trabajo claramente generado por un chatbot— no deben verse solo como intentos de engaño, sino como oportunidades pedagógicas. En lugar de limitarse a sancionar, se puede pedir al estudiante que compare el texto producido por la IA con su propio borrador, que identifique dónde faltan matices o contexto, que revise qué partes podrían mejorar con su experiencia o su voz personal. De esta forma, el foco se desplaza hacia la originalidad, la autoría y la responsabilidad intelectual. A la vez, la amenaza que la IA supone para los exámenes tradicionales puede empujar hacia formas de evaluación más ricas: proyectos que se presentan y defienden oralmente, portafolios que muestran la evolución del pensamiento, procesos de coevaluación entre pares y tareas en las que se documenta el proceso, no solo el producto final.
En resumen, Teaching with AI invita a aceptar que la inteligencia artificial ha cambiado para siempre el contexto educativo, pero también a ver que el papel del buen docente es más importante que nunca. La clave no está en prohibir herramientas, sino en enseñar a usarlas con juicio: convertir la IA en un superpoder para aprender, sin renunciar a la honestidad académica ni a las habilidades humanas —pensamiento crítico, creatividad, empatía— que seguirán siendo el corazón de la educación.